viernes 16 de octubre de 2009
miércoles 28 de febrero de 2007
Diálogos en la oscuridad
Varios grados centígrados se aproximaban ese día. Un montón de niños transitaban en la entrada, parecían desorientados en la larga fila que les habían hecho hacer las maestras; los había de todos los tamaños y colores.
A primera vista, las taquillas ocultaban nuestros boletos, una vez recogidos nos adentramos en la inmensidad de aquella construcción.
Acogedores pasillos que mitigaban el calor de la tarde, colores radiantes y vivos que daban a aquel lugar un ambiente divertido, azules fuertes que contenían en sus paredes las largas horas de risa de niños y grandes.
Pasamos sentados en las mesas del comedor un buen rato de espera, tomando un refresco frío que nos aguantase hasta el final de la jornada.
Por fin llegó la hora del ingreso; un hombre amable rompió los tickets en dos y pasamos a continuación a una pequeña salita. Nos sentamos formando una fila en las bancas frescas de color rojo; una mujer, que nos hablaba en el tono con el que se cree debe hablárseles a niños muy pequeños, comenzó a darnos una explicación del funcionamiento de los acontecimientos que sucederían y a tratar de sensibilizar otros sentidos que no fuese el de la vista. Para esto se valió de un antifaz y algunas cosas que olimos, comimos y escuchamos.
Un pasillo oscuro se vislumbró por fin, agarrada de un bastón comencé a caminar, “pegados a la derecha, y luego toparán a su guía”, nos dijo la señorita del curso preliminar.
Esa negrura inicial se fue trasformado en algo avasallador, dejó de ser sólo un espacio sin luz para convertirse en todo lo que los ojos podían ver, se sentía la sobrecogedora necesidad de tocar todo lo que al paso se tuviera, y eso hice, tanteando el terreno llegue hasta una voz que dijo: “Sigan mi voz, y párense ahí, soy Verónica su guía….”. Comenzó a decir otro montón de cosas, algunas reflexiones sobre lo poco que vemos los que vemos y a armar un par de chistes muy malos. Supongo que ella juraba que estaba tratando con infantes a los que tuviese que entretener para que no se desesperaran. Yo conseguía solo emitir risas nerviosas, tanta penumbra me daba miedo y al mismo tiempo una terrible inseguridad.
Después de unas instrucciones caminamos siguiendo la voz, “pegados a su derecha”, como ella había dicho. Atravesé de un espacio a otro, comenzó a soplar una brisa de impávida baja temperatura, pájaros cantaban en atiplado gorjeo a mi alrededor, el sonido de agua cayendo, un riachuelo frío que junto al olor a pasto mojado ambientaba el lugar.
Aquellos adultos que entraron por la puerta iluminada se convirtieron en niños rebosantes en asombro, gritando fuerte lo que hallaban a su paso, “hay plantas”, gritó uno y la guía indagó: “¿dónde estamos entonces?” Y las respuestas: “en un bosque”, “en el campo”.
La única forma de saberlo era palpando e imaginando qué es lo que había en aquel lugar, superficies rugosas, puentes colgantes, agua, brisa, plantas, tierra, es lo que yo alcancé a percibir.
“Sigan mi voz, sigan mi voz”, decía Verónica y todos cuales perros seguidores de su amo perseguíamos la voz que nos infundía seguridad.
Sólo caminando sin saber el rumbo y siguiendo aquellos sonidos emitidos por la guía, empezó de pronto a sentirse un olor distinto al anterior, una temperatura que cambió con dar unos cuantos pasos; tocando por la derecha como siempre, unas ollas de metal, tinajas grandes que contenían manzanas, coles, elotes, música de fondo, remitían un mercado, con aquellas referencias pudimos descifrar el enigma de aquel lugar. Verónica volvió a preguntar “¿dónde estamos?” y los niños contestaron “en un mercado” “¡hay frutas de verdad “, las descripciones comenzaron a sonar en el aire.
Caminando de nuevo fuera del mercado nos encontramos en una gran avenida, coches que iban a toda velocidad, perros que ladraban y un céfiro sucio circulaba, cruzamos la calle. Yo, temerosa, sentía que en cualquier momento aparecería un coche y me atropellaría duramente, abandonándome inerte en el suelo, o que tal vez vendría ese perro que se escuchaba a lo lejos y me mordería con saña. Nada de esto pasó, lo sé porque después comencé a oír las olas del mar; una tranquilidad enorme se apoderó de mí al pasar a este ambiente, de esa extenuante ciudad ruidosa a una playa tranquila, ya era de noche, se sentía una brisa helada que corría lentamente, pasando un puente me topé de frente con un barco que abordé; éste se movía con fuerza, la marea había subido considerablemente y me maree un poco, pero después, al llegar al otro lado de la orilla, me baje y el mareo se fue quitando. Este viaje en barco lo hice para llegar a una cafetería, quería desesperadamente un poco de agua; afortunadamente la señorita de la barra me la dio con prontitud y yo me fui a sentar a una banca donde hallé a todos mis compañeros de viaje que estaban también sentados allí. Fue entonces que la guía nos preguntó cómo habíamos sentido la aventura recién hecha, hizo algunas reflexiones que bien hubieran pasado por caviles de algún libro de auto-superación, de esos que quieren convencerlo a uno de que la vida vale la pena. ¿Cómo es que aquella mujer podía desenvolverse tan fácilmente en la negrura? Simple respuesta, ella era ciega y había aprendido bien a moverse en el mundo sin sus ojos.
Una sensación apabullante me invadió al conectarme con algo desconocido, preguntas que tal vez nunca podré responder giraron por mi cabeza durante algún tiempo. Siempre supe que la oscuridad es algo que jamás podré entender, menos ahora.
A primera vista, las taquillas ocultaban nuestros boletos, una vez recogidos nos adentramos en la inmensidad de aquella construcción.
Acogedores pasillos que mitigaban el calor de la tarde, colores radiantes y vivos que daban a aquel lugar un ambiente divertido, azules fuertes que contenían en sus paredes las largas horas de risa de niños y grandes.
Pasamos sentados en las mesas del comedor un buen rato de espera, tomando un refresco frío que nos aguantase hasta el final de la jornada.
Por fin llegó la hora del ingreso; un hombre amable rompió los tickets en dos y pasamos a continuación a una pequeña salita. Nos sentamos formando una fila en las bancas frescas de color rojo; una mujer, que nos hablaba en el tono con el que se cree debe hablárseles a niños muy pequeños, comenzó a darnos una explicación del funcionamiento de los acontecimientos que sucederían y a tratar de sensibilizar otros sentidos que no fuese el de la vista. Para esto se valió de un antifaz y algunas cosas que olimos, comimos y escuchamos.
Un pasillo oscuro se vislumbró por fin, agarrada de un bastón comencé a caminar, “pegados a la derecha, y luego toparán a su guía”, nos dijo la señorita del curso preliminar.
Esa negrura inicial se fue trasformado en algo avasallador, dejó de ser sólo un espacio sin luz para convertirse en todo lo que los ojos podían ver, se sentía la sobrecogedora necesidad de tocar todo lo que al paso se tuviera, y eso hice, tanteando el terreno llegue hasta una voz que dijo: “Sigan mi voz, y párense ahí, soy Verónica su guía….”. Comenzó a decir otro montón de cosas, algunas reflexiones sobre lo poco que vemos los que vemos y a armar un par de chistes muy malos. Supongo que ella juraba que estaba tratando con infantes a los que tuviese que entretener para que no se desesperaran. Yo conseguía solo emitir risas nerviosas, tanta penumbra me daba miedo y al mismo tiempo una terrible inseguridad.
Después de unas instrucciones caminamos siguiendo la voz, “pegados a su derecha”, como ella había dicho. Atravesé de un espacio a otro, comenzó a soplar una brisa de impávida baja temperatura, pájaros cantaban en atiplado gorjeo a mi alrededor, el sonido de agua cayendo, un riachuelo frío que junto al olor a pasto mojado ambientaba el lugar.
Aquellos adultos que entraron por la puerta iluminada se convirtieron en niños rebosantes en asombro, gritando fuerte lo que hallaban a su paso, “hay plantas”, gritó uno y la guía indagó: “¿dónde estamos entonces?” Y las respuestas: “en un bosque”, “en el campo”.
La única forma de saberlo era palpando e imaginando qué es lo que había en aquel lugar, superficies rugosas, puentes colgantes, agua, brisa, plantas, tierra, es lo que yo alcancé a percibir.
“Sigan mi voz, sigan mi voz”, decía Verónica y todos cuales perros seguidores de su amo perseguíamos la voz que nos infundía seguridad.
Sólo caminando sin saber el rumbo y siguiendo aquellos sonidos emitidos por la guía, empezó de pronto a sentirse un olor distinto al anterior, una temperatura que cambió con dar unos cuantos pasos; tocando por la derecha como siempre, unas ollas de metal, tinajas grandes que contenían manzanas, coles, elotes, música de fondo, remitían un mercado, con aquellas referencias pudimos descifrar el enigma de aquel lugar. Verónica volvió a preguntar “¿dónde estamos?” y los niños contestaron “en un mercado” “¡hay frutas de verdad “, las descripciones comenzaron a sonar en el aire.
Caminando de nuevo fuera del mercado nos encontramos en una gran avenida, coches que iban a toda velocidad, perros que ladraban y un céfiro sucio circulaba, cruzamos la calle. Yo, temerosa, sentía que en cualquier momento aparecería un coche y me atropellaría duramente, abandonándome inerte en el suelo, o que tal vez vendría ese perro que se escuchaba a lo lejos y me mordería con saña. Nada de esto pasó, lo sé porque después comencé a oír las olas del mar; una tranquilidad enorme se apoderó de mí al pasar a este ambiente, de esa extenuante ciudad ruidosa a una playa tranquila, ya era de noche, se sentía una brisa helada que corría lentamente, pasando un puente me topé de frente con un barco que abordé; éste se movía con fuerza, la marea había subido considerablemente y me maree un poco, pero después, al llegar al otro lado de la orilla, me baje y el mareo se fue quitando. Este viaje en barco lo hice para llegar a una cafetería, quería desesperadamente un poco de agua; afortunadamente la señorita de la barra me la dio con prontitud y yo me fui a sentar a una banca donde hallé a todos mis compañeros de viaje que estaban también sentados allí. Fue entonces que la guía nos preguntó cómo habíamos sentido la aventura recién hecha, hizo algunas reflexiones que bien hubieran pasado por caviles de algún libro de auto-superación, de esos que quieren convencerlo a uno de que la vida vale la pena. ¿Cómo es que aquella mujer podía desenvolverse tan fácilmente en la negrura? Simple respuesta, ella era ciega y había aprendido bien a moverse en el mundo sin sus ojos.
Una sensación apabullante me invadió al conectarme con algo desconocido, preguntas que tal vez nunca podré responder giraron por mi cabeza durante algún tiempo. Siempre supe que la oscuridad es algo que jamás podré entender, menos ahora.
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